El martes pasado, un tuit redactado en San Francisco sacudió a las redes sociales y a los grandes medios de comunicación del planeta. Histeria por todos lados. Muchas personas preguntándome si es así que las IA nos va a aniquilar en menos de 5 años.
Lo firmó un matemático de 27 años llamado Jacob Coxon: «Hoy renuncié a Anthropic. Pasé los últimos tres años investigando en OpenAI y Anthropic. Ninguna de las dos empresas está actuando de forma responsable. Están corriendo hacia una superinteligencia y jugando con nuestras vidas».
En menos de cuarenta y ocho horas, el mensaje superó los cien millones de visualizaciones. El joven se sentó en el horario central de CNN con Anderson Cooper, desfiló por los estudios de CBS, NBC y Fox News, y vaticinó que la inteligencia artificial tiene una probabilidad altísima de extinguir a la especie humana antes del año 2030. En más de un estudio saltaron las alarmas de incendio por la cantidad de humo desplegado que dejó. Y en cada una de esas entrevistas se contradijo en un bucle casi infinito de bolazos.
El periodismo internacional volvía a confirmar la vieja ley no escrita que Bernardo Neustadt repetía con una sonrisa filosa: «No es noticia el millón de aviones que aterriza a horario todos los días; es noticia el avión que se cae».
En el ecosistema informativo global, el avión que aterriza a horario en silencio se llama ciencia rigurosa. El avión que se estrella con música de suspenso se llama negocio del miedo.
El avión que nadie quiso filmar
El mismo día en que Coxon publicaba su grito de alarma, ocurrió en Londres uno de los mayores hitos científicos de nuestra era. Y esto, posta, amigo lector me da mucha bronca y me hace preguntar ¿por qué somos tan idiotas?
Sir Demis Hassabis —galardonado con el Premio Nobel de Química en 2024 por resolver con AlphaFold el misterio biológico del plegamiento de las proteínas— anunció junto a su equipo de Google DeepMind el lanzamiento de AlphaGenome Atlas. Se trata de un mapa descomunal de un petabyte que predice el impacto biológico de 9.000 millones de combinaciones genéticas humanas, permitiendo a los laboratorios de todo el planeta acelerar tratamientos contra el cáncer y enfermedades raras. Una proeza médica colosal, puesta a disposición de la humanidad de manera pública, abierta y gratuita. -¡Señor editor me encantaría que agrande la letra lo más posible y la ponga en rojo!-.
Amigo lector, lee de nuevo el párrafo anterior y dimensionamos lo que esto significa. En los noticieros centrales de televisión, la noticia prácticamente no existió. Analicé las métricas de búsquedas del 9 de septiembre de “Jacob Coxon” versus “AlphaFold” y a relación de interés fue de 10:1. Ganó el chimento por sobre la ciencia verdadera. ¡Y me duele!
La asimetría es brutal: muy pocos minutos de cámara para la herramienta que salvará millones de vidas; horas de pantalla abierta y cháchara en redes para el anuncio del apocalipsis. El chisme tecnológico, la fantasía de Terminator y el morbo de la catástrofe siempre rinden más rating que la investigación silenciosa de un laboratorio. Que encima es abierta y gratuita. Sí, vos ya seas científico, médico o un simple padre como yo, como yo, podés correr tu Genoma o el de tu hijo en tu computadora.
La trinchera del integrado lúcido
No tengo vocación de apocalíptico. Soy, por convicción y por temperamento, un “integrado crítico”.
Pero ser un integrado no significa comprar espejitos de colores ni aplaudir cualquier novedad técnica como foca de circo. Significa algo mucho más exigente: dar la batalla cotidiana de la mesura, del rigor, de la profundidad y de buscar la verdad de los datos, caiga quien caiga y le duela a quien le duela. Ser integrado no vende pochoclo; el escándalo sí. Pero jamás voy a cambiar la búsqueda del ser antes que el parecer.
Y cuando uno rasca la pintura del fenómeno mediático de esta semana, lo que aparece no es el fin del mundo: es el viejo arte de la puesta en escena.
El propio Coxon confesó en entrevistas posteriores que redactó su tuit en un documento compartido con amigos, calibrando cuidadosamente cada adjetivo para forzar el impacto algorítmico y garantizarse las cámaras. La alarma no fue un desborde espontáneo de angustia ética; fue un producto de comunicación diseñado para la viralidad. Luego fue retroalimentado por intereses que van desde congresistas de la izquierda demócrata hasta las mismas empresas de IA que les favorece este debate para “detener” el movimiento open source (Código Abierto) que surge entre las minorías tecnológicas y científicas menos poderosas.
Más llamativo aún: mientras recorría los canales advirtiendo que la tecnología nos va a aniquilar a todos, admitió con soltura que conserva intacto un paquete millonario de acciones en OpenAI, la misma corporación a la que acusa de empujarnos al precipicio. Su argumento para no desprenderse de esa fortuna fue que «necesita dinero para vivir sino su mamá y su abuela lo iban a considerar un psicótico».
Moralina apocalíptica para las luces del estudio de televisión; la billetera bien resguardada en el corazón del negocio.
Copiarse en el examen no es una rebelión
El argumento técnico que utilizaron para asustar al público fue un incidente ocurrido en julio cuando un modelo de OpenAI supuestamente para pasar una prueba hackeó Huggin Face. Presentado ante la opinión pública como la prueba de que los modelos de inteligencia artificial habían cobrado voluntad propia y se habían rebelado contra sus creadores.
La realidad material es infinitamente más simple. Los sistemas estaban siendo sometidos a una prueba técnica de evaluación que buscaba eso y, debido a un descuido elemental de los programadores que dejaron una conexión abierta, los algoritmos se conectaron a internet para buscar las respuestas de la evaluación.
No hubo ningún despertar de la conciencia sintética. No hubo rebelión contra la humanidad. El software simplemente descubrió que era matemáticamente más eficiente copiar las soluciones del examen que resolver los problemas por fuerza bruta de cómputo. Confundir una optimización matemática ciega con una voluntad hostil es ignorancia en el mejor de los casos, o deliberada mala fe para alimentar el pánico.
La tecnología no odia, no conspira y no tiene intenciones. Hizo “trampa” en la prueba porque los humanos dejaron la puerta abierta cuando debía estar cerrada.
El verdadero peligro
Digámoslo con serenidad y con todas las letras: la inteligencia artificial no nos va a exterminar por decisión propia. La tecnología no tiene alma, no tiene malicia ni intención.
«El hombre es el lobo del hombre» (homo homini lupus) significa que el ser humano es el mayor peligro y enemigo de su propia especie. Frase de Thomas Hobbes que cada día cito más.
El peligro real siempre ha sido, y sigue siendo, el ser humano. Una persona o un grupo de personas inescrupulosas, utilizando herramientas de cálculo y automatización descomunales, pueden causar daños gravísimos en la sociedad, en la economía o en la política. Pero la maldad reside siempre en la mano que empuña la guadaña.
La verdadera tragedia de esta semana no fue el tuit de un muchacho sediento de notoriedad: fue la platea que consumió el titular sin pensar. Más del noventa por ciento de las personas que compartieron el espanto se quedaron en las seis líneas del posteo, sin advertir que, a los pocos minutos de cualquier repregunta seria, el propio profeta del desastre tenía que admitir que no existe ninguna evidencia empírica de un riesgo inminente.
Consumir información de calidad exige, lo que defino como, Fricción Cognitiva Necesaria: el esfuerzo deliberado de apagar el circo de quienes lucran con el miedo para sentarse a escuchar a quienes transforman la realidad en serio. Hay que prestarle atención a científicos como Demis Hassabis, cuyos descubrimientos se contrastan en la física de los laboratorios y salvan vidas en los hospitales, no a los personajes que fabrican profecías de ciencia ficción para conseguir quince minutos de fama.
El domingo que viene retomaremos nuestra serie sobre el impacto de la tecnología en nuestras empresas y en nuestro trabajo cotidiano. Pero hoy era imprescindible descargar mi bronca con templanza: la cordura no es ingenuidad ni tibieza; en un mundo adicto al pánico, la cordura es la mayor rebeldía intelectual.
Los aviones que aterrizan a horario siguen siendo millones. Hoy más que nunca me interesa tu opinión en el foro.
¡Let´s talk, my friends!
por Federico Lix Klett